Es obvio que todas las lenguas evolucionan. Pueden hacerlo
por motivos prácticos, como ganar en capacidad expresiva o adaptarse a
nuevas realidades, inexistentes hasta el momento. Pero también, y más a
menudo, lo hacen por la pereza de sus hablantes, que van desechando las formas
que encuentran más complicadas de pronunciar o conjugar, o que directamente
desconocen debido a una formación deficiente. Se produce entonces un inevitable
conflicto, que tiene en un lado a la mayoría de hablantes -que van imponiendo
las formas incorrectas a fuerza de su uso generalizado-, y en el otro a los
hablantes más cultos, que se niegan a adoptar lo que según el buen uso del
lenguaje no son más que vulgarismos o barbarismos.
En la España actual este conflicto se ha
hecho especialmente acusado, pues la comodidad material no ha redundado en
una mejora de la educación, más bien al contrario. Una actitud
demasiado laxa por parte de educadores y padres, así como una igualación
de las clases sociales hacia abajo, han propiciado un uso relajado e
impropio de la lengua, aquejada en de multitud de formas vulgares que no es ya
que se hayan extendido, sino que se están imponiendo claramente, amenazando con
extinguir y dejar en el olvido a las expresiones correctas. A lo
largo de dos artículos voy repasar las formas incorrectas más
extendidas actualmente en nuestro país. En esta primer entrega me centraré en
la lengua hablada, mientras que el segundo estará dedicado a las aberraciones
escritas.
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